Todos los años, el día 28 de diciembre, gasto alguna pequeña broma. No del tipo zafio y de mal gusto al que acostumbra mucha gente (bueno, vale, alguna de ese tipo también cae) sino un pelín más elaboradas. Además, coincide que este día es el cumpleaños de mi madre y, al tener reunida a toda la familia, resulta sencillo organizar alguna cosa. A veces por mi cuenta, a veces en colaboración con mi madre, siempre montamos alguna.
Pero este año es la primera vez que va a terminar el día 28 de diciembre y no habré gastado ninguna broma. Y mi madre tampoco. Algo ha cambiado y no se si me gusta. Era divertido ver a la gente esperándose una broma, atentos a cualquier cosa, vigilando cualquier cosa que les pudiera dar una pista de por dónde iba a llegar y, al final, volverles a sorprender. ¿Volverá a pasar? No se, imagino que si. Pero últimamente no estoy bromista, mi cara está demasiado a menudo más tiempo con rictus serio que sonriente.