Archivo de October, 2006

7 Octubre Saturday, October 7th, 2006

Elena me propone irme a Peruggia a la visita organizada por el grupo Erasmus. Me da palo dejar a fer un fin de semana en Siena sólo, pero me apetece la idea de marcharme a ese viaje con ella. Creo que lo tengo decidido.

Nuevamente cenamos con Elena. Luego nos fuimos a la enoteca, donde un grupo de jazz toca unas cuantas canciones. Nos compramos una botella de vino y nos la llevamos a casa. Después me voy con ella a conocer a unos chavales italianos. A ver si poco a poco conozco a más gente no española y me voy soltando con el italiano. Las compañeras de piso de Elena son italianas: las utilizaré :) A la vuelta para casa, sobre las tres, nos encontramos en la piazza a parte de los españoles. Habían tenido de nuevo sesión de enjuague de garganta con ron y vodka. La única que parecía en mejor estado era Cristina, otra de las que parecen buena gente. Acompaño un poco a Elena por su calle, dos besitos y a casa a dormir, que hay sueño.

6 Octubre Friday, October 6th, 2006

Anoche, después de cenar en casa de Elena, fuimos al Barone Rosso. Es un bar en el que se celebran las fiestas Erasmus los miércoles y ese día está petado de gente. Como ayer era jueves había bastante menos gente. Elena es una bailona de cuidado y se ha propuesto hacer de mí un digno acompañante. Hacía eones desde la última vez que había bailado durante más de tres minutos seguidos y me lo pasé realmente bien. Esta chica promete.

Primer día en Siena Thursday, October 5th, 2006

Hoy es el gran día. Llego al aeropuerto a las 8 menos 5. El embarque es a las 8 y 20, por lo que me acojono cuando veo la cola que hay para pasar el control de la policía. Me tengo que quitar hasta el cinturón (que es básicamente mi caja de caudales portátil) y dejarlo en una caja junto al abrigo. Pasa por el escáner la caja, junto a mi mochila de ropa y la del ordenador y lo cojo todo. Llevo como puedo todas las cosas en la mano hasta el ascensor que me tiene que llevar una planta abajo, donde está la puerta de embarque que me toca (la K82). En el ascensor me voy colocando el cinturón (con una de las hebillas por fuera, como descubro más tarde) mientras los demás ocupantes me miran. Les sonrío y sigo con mi tarea. Cuando llego a la planta de abajo hecho a andar, casi corriendo, hacia donde está mi puerta. Tengo que pasar todas las puertas ‘J’ las ‘K’ ni se vislumbran todavía. Estoy sin reloj, porque lo metí dentro de la mochila para pasar el escáner, por lo que no se qué hora es. Mi impresión es que es muy tarde. Me meto en una de las cintas transportadoras de ganado kilómetricas que han instalado en la terminal 4 y finalmente veo un reloj. Las ocho y diez. La visión me tranquiliza. Llego a la puerta y ni siquiera se ha empezado a formar cola. Cuando se acerca la hora de embarcar la gente empieza a colocarse en fila y yo me uno a ellos. Me pongo a mirar los equipajes de mano: una bolsita ridícula por aquí, un trolley pequeño por allá… veo a una persona con un par de bultos grandes y me alegro, porque si pasa él, paso yo con mis dos mochilas. Luego veo su mujer y coge uno de los bultos. Como soy un idiota, me asusta la idea de que no me dejen entrar al avión, me saquen todo de la mochila y llamen a la policía. Finalmente, ni siquiera me miran el tamaño de las mochilas (ni de ninguna otra cosa) y entro sin problemas. Casi que me siento decepcionado.

En el avión encuentro rápido mi sitio y coloco las mochilas y el abrigo en el portaequipajes. Me fijo en los italianos metrosexuales que van entrando y me reafirmo en mi idea de que están ridículos con sus gafas de sol y sus cejas depiladas. Al cabo de un par de minutos llega una pareja española que se sienta en los dos asientos contiguos al mío. Bueno, él si se sienta. Ella, más bien, se encaja en el asiento. Obesidad en estado puro. Enoooooorme. Me asusta que estalle el asiento, pero éste se comporta estupendamente. Por supuesto, el reposabrazos lo tiene que subir por encima de las carnes de su pierna, que amenaza con invadir mi asiento. Cómo no, cuando pasa el carrito de la comida no se cortan. Él, un sandwich club (a ocho euros y medio), un café y una botellita de agua. Ella, un Donuts (TM), una chocolatina, un zumo y una botellita de agua. Cuando termina con todos sus comestibles, le coge la mitad del sandwich a su novio y se lo zampa. Luego nos extrañamos de engordar… a ésa no le vale la excusa del metabolismo. Por supuesto, las botellas de agua llegan enteras a Roma. Yo ya empezaba a tener sed.

Cuando llego a Fiumicino sólo tengo que coger mi maleta antes de pillar el tren a Termini. ¡Ja! Cuando vieron mi nombre en la maleta dijeron ‘vamos a gastarle una broma al Carlitos’. Fui el penúltimo de mi vuelo en ver salir la maleta por la cinta. Yo ya la imaginaba conociendo mundo. Quién sabe, igual prefería irse a Londres que a Roma. Menos mal que terminó saliendo y no se hizo necesario reclamarle a Iberia. Otra vez será. Voy a la estación de tren y cuando consigo comprar el billete, salgo corriendo hacia el andén mientras veo cómo sale el convoy para Roma. Miro los horarios y me toca esperar veinte minutos. En fin, veinte minutos no es demasiado. Cuando llego a Termini me toca buscar las taquillas para coger el billete a Siena. Después de recorrer al menos mil doscientos treinta y siete kilómetros de pasadizo, llego a la zona central de la estación. Encuentro las taquillas y me pongo en la cola. Cuando quedan unas cinco personas delante, los señores de las taquillas (todos cincuentones canosos), empiezan a recoger la caja, contando los billetes y apuntando cosas en un cuaderno. Después de cuadrar las cuentas, apuntar todo y dejarlo todo bien recogidito, se largan. Yo a cuadros y el resto de la cola, a rallas. La cara de asombro es general. Al cabo de un rato aparecen los nuevos quieroserfuncionarios. Cuando me toca mi turno, voy hacia uno de ellos y cuando le voy a pedir el billete le aparece en la pantalla un aviso de fallo en la impresora de billetes. Tarda diez minutos en cambiarle el tambor. Miro el reloj: las 14:03. Genial. Ya hace seis horas que salí de mi casa. Cuando me da el billete miro la hora de partida: las 14:57. Una hora de espera. Al menos, espero que salga en hora.

Error. Los trenes en Italia no salen en hora. Y no llegan en hora. En el tren tengo dos sensaciones enfretadas. Una de ellas es unas ganas de beber increíbles. Me muero de sed. Como no puedo beber, porque no tengo ninguna botellita de nada, decido comerme mis dos minicroissants rellenos de jamón. La otra sensación es una necesidad por mear mortal. Pero como no tengo a nadie que me vigile el equipaje (sobre todo la mochila con el ordenador), lo voy posponiendo. Finalmente no puedo más y busco el baño del vagón. Menos mal que está cerca. Termino y vuelvo. ¿Dejé la mochila tan ladeada? ¿Y la cremallera en esa posición? Soy un paranoico idiota. Lo más seguro es que ni se dieran cuenta de que me fui. Consigo hablar con Fer para que me recoja a la llegada a Siena.

Cuando llego a Chiusi me bajo para hacer el cambio de tren. Supuestamente debía llegar a las 16:21 pero me bajo del tren a las 16:35, un minuto después de que se haya ido el tren de Siena. Llueve a cántaros. Rezo para que en Siena no esté diluviando así. El siguiente tren sale a las 17:09. Pues nada, a esperar. Veo un tren cochambroso con máquina Diésel. Pregunto si ése es el tren y por suerte (no se si buena o mala) sí es. Me monto y a esperar. Cinco minutos antes de irme se monta una rubia espectacular. Bien, al menos tengo algo que mirar si me aburro. El viaje, después de parar un par de veces para dejar pasar a los trenes de verdad, termina en Siena. Cuando me bajo están Fer y María esperándome. Le encasqueto a Fer la maleta grande y tiramos hacia el hostal en el que tenemos habitación hasta el 1 de octubre. Las cuestas son infernales y las aceras brillan por su ausencia. Llegamos al hostal y la verdad, no me puedo quejar. Fer ha conseguido cambiarme mi habitación individual por una doble así que la habitación es enorme y el baño está bien. Tengo tele con MTV, así que no necesito más. Bueno sí, WiFi (que no hay).

Me lavo un poco y me cambio para dar un paseo por Siena. Vemos la plaza del Campo, que es espectacular (es como un bol, con los laterales en peralte para que cuando corran los caballos no se vayan contra los edificios. Seguimos dando una vuelta por ahí y sobre las diez de la noche nos volvemos para el albergue. Por el camino compramos unas porciones de pizza al taglio que devoramos en el hostal. Nos quedamos un ratito hablando organizando el siguiente día y nos vamos a dormir. Mis piernas me lo agradecen y descubro que tengo los hombros machacados de llevar las dos mochilas. Pero no me importa porque ya estoy en Siena.

5 Octubre Thursday, October 5th, 2006

El grupo de españoles es ingente. Les va mucho la juerga y todos los días acaban como piojos en la piazza del campo. Unos, que ya tenemos unos años, no les seguimos tanto la juerga. He conocido a una chiquita de Madrid que realmente vale la pena. De las pocas que tienen algo en la cabeza aparte de pasárselo bien (y ésta se lo pasa muy bien cuando quiere). Parece una de las candidatas más serias a convertirse en buena amiga.

1096